En el primer día de clases de mi hijo, la maestra lo llamó por un nombre que yo nunca había oído. Y… él respondió. Mi esposo no se inmutó. Ese momento arruinó todo lo que yo creía que era seguro. Me desperté antes que los demás.
Aún estaba oscuro fuera, pero yo ya estaba de pie en la cocina, intentando alisar las arrugas rebeldes de la flamante camisa de Lucas. Su primera camisa del colegio. Aquel día empezaba el primer curso.
Quería que todo fuera perfecto. Aunque nuestra vida fuera todo lo contrario.

Mi esposo, Travis, se había vuelto a quedar dormido en el sofá. La televisión seguía encendida (alguna repetición de ESPN de fondo) y una lata de cerveza vacía había rodado por debajo de la mesita.
Pasé por encima de sus zapatos y casi me tropiezo.
“¿Travis? Levántate. Hoy es día de clases”.
Murmuró algo sin abrir los ojos.

Después de diez años de matrimonio, había aprendido a no esperar demasiado.
Pero aquella mañana era importante. ¿Verdad?
Lucas llevaba todo el verano soñando con ese día. Quería que fuéramos los tres. Para enseñarle a papá dónde se sentaría, para hacer fotos, para ir a comer un helado después.
“Mamá, papá vendrá con nosotros, ¿verdad?”.
“Por supuesto, cariño. Iré a despertarlo. Tú prepárate”.

¿Sinceramente? Sería más fácil sin Travis.
Pero lo intenté. Me incliné sobre el sofá y volví a preguntar.
“¿Vienes con nosotros o no?”.

Travis se arrebujó en la almohada, con los ojos aún medio cerrados. “Iré en el auto. Más tarde”.
“¿De verdad?”
“Dije que lo haré. Déjame en paz”.
Agitó perezosamente la mano como si yo fuera un mosquito molesto.
Algo había cambiado en él en los últimos meses. Se había vuelto distante. Llegaba tarde a casa, apenas hablaba y dormía en el sofá más a menudo que en nuestra cama. Intenté hablarlo. Travis me ignoró.

Y aquella mañana… Mi instinto no mentía.
El sol ya estaba alto cuando llegamos a la escuela. Lucas parecía un hombre en miniatura con su mochilita, intentando ser valiente.